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19 ene 2010

El perdón de una guerra


La petición de perdón hecha por el presidente Mauricio Funes, a nombre del Estado de El Salvador, levantó –como era de esperarse– las ronchas respectivas.
Algunos personajes de la derecha fueron desde lo más ilógico –como preguntar por qué no pidió perdón por la guerrilla, cuando Funes no puede hacerlo, ya que ni fue comandante guerrillero ni representa a la extinta guerrilla–, hasta restar importancia a dicha petición, argumentando que los que cometieron los crímenes no fueron el Estado ni el gobierno, sino los cuerpos de seguridad y las Fuerzas Armadas.
El argumento de que la guerrilla llevó a cabo tantos crímenes como los anteriormente mencionados, es una tesis que ya no tiene validez, sobre todo después de que el informe de la Comisión de la Verdad (1992-1993) afirmara que el 95% de las denuncias por crímenes cometidos durante la guerra fueron en contra de las instituciones de gobierno y los entes de seguridad, y tan sólo el 5% de éstas fueron interpuestas por actos cometidos por la guerrilla.
Afirmar, como dijo Calderón Sol –expresidente de la derecha arenera– que la petición de perdón “es un error, porque no era el Estado el que cometía la tragedia, ni el que hizo la tragedia, el que hizo la tragedia fueron los actores, la guerrilla sangrienta que golpeó al país”, es un insulto para todos los salvadoreños que, durante más de doce años fuimos sometidos a un aparato de propaganda que no permitía ver las cosas con claridad y cuya finalidad principal era hacernos creer que muchos de los crímenes eran responsabilidad de la guerrilla. Traigo a colación como ejemplo, la muerte de los Jesuitas de la UCA.
Cristiani, sin embargo, quien nunca deja de maravillarme con sus reacciones y que a veces se muestra como hombre mesurado (otras no), afirmó que había sido acertada la actitud de Funes y que él también había pedido perdón en su momento por los abusos y crímenes cometidos por el Estado, nada más que ya nadie se acordaba. Y aquí sí que tendré que revisar la historia, porque sinceramente yo no me acuerdo tampoco.
Creo que la actitud de Funes es la que tarde o temprano debía tomar el presidente de un país que tanto ha sufrido por una guerra, en la cual el Estado puso una cuota inmensa de represión, violencia y sangre.
Funes no está actuando como un héroe, ni como un mandatario excepcional, sino como es la usanza en casos de guerra civil. Si ha causado polémica en El Salvador, es simplemente porque jamás habíamos tenido la oportunidad de ver algo semejante en nuestro país. El perdón solicitado por Funes no sólo busca reivindicar a las víctimas que ya nadie recuerda, sino que también es una promesa, a nombre del Estado, de que la historia no volverá a repetirse.
Sánchez Cerén, por su parte, también ha pedido perdón a nombre de la guerrilla. “A todo el pueblo salvadoreño afectado por nuestras acciones militares, el FMLN les pide perdón”, dijo. Y la medida también me parece atinada, porque tampoco podemos obviar que el FMLN puso, a su vez, su cuota de locura en esta guerra, causando daño a civiles que nada tenían que ver con la guerra.
Creo yo pues, que la hora de dejar de justificarnos y de descalificar ha llegado. Creo también que la posguerra va dejando atrás la incapacidad para converger en un pacto nacional en el que todos encontremos un lugar para ser y para encontrar la forma de recomenzar la historia patria. Pero una herida no puede sanar si no existe la intención verdadera de no volverla a abrir. Y aunque el perdón no implica borrón y cuenta nueva, sí conlleva el reconocimiento del dolor del otro y el deseo de que éste no se repita.
Al leer el discurso de Funes pensaba, que de verdad nunca creí que llegaría a escuchar de la boca de un presidente salvadoreño el perdón que todos necesitábamos. Unos por haber participado, otros por haber sido víctimas, y otros –los más– por haber permanecido indiferentes ante tanto sufrimiento ajeno.

2 dic 2009

De los clásicos mexicancos de mi niñez, o de cómo la locura fue una vez cosa de risa

Siempre que vengo a México me maravillo con las similitudes que encuentro entre este país, que otrora fuera nuestro Virreinato, y el resto de Centroamérica.
Existe aquí un canal llamado Clásico, donde retransmiten los programas de los setentas y ochentas. Silvia y Enrique (Pinal y Guzmán) son una muestra de ello. El programa, producido aún en blanco y negro, muestra una faceta (al menos para mí) desconocida de los papás de la hoy famosa Alejandra Guzmán. Silvia Pinal, evidentemente unos años mayor que él, intenta ser cómica sin perder el glamour, pero pocas veces lo logra. Lo de perder el glamour, digo, porque es muy cómica. A él el glamour le “vale gorro”, y es tremendamente sarcástico y muchas veces hasta cruel en sus bromas. Pero sus buenos momentos de comicidad son para morirse de risa.
Chespirito no podía faltar. Una doña Florinda rubia y muy delgada es la representación de la moda setentera (a lo Farrah Fawcett).
Capulina, los Polivoces, Chiquilladas, La Carabina de Ambrosio, el Pirruris (tururú), El loco Valdéz y otros, son transmitidos desde un pasado de infancia.
Pero lo que más me ha impactado es el derroche de machismo de los guiones. Hombres que abordan a mujeres en la calle, y al ser rechazados se creen en el derecho de preguntarles: “¿Y tú qué te crees para rechazar a un hombre como yo?”. O en el caso de Hogar dulce hogar, en que Lucha (la bodoquito) amanece un día histérica, fuera de control, y decide ir a un psiquiatra. El médico le dice que no está loca, sino frustrada, ya que su marido (Sergio Corona) es un tipo que la desilusiona todo el tiempo con su falta de decisión. Pero cuando ella lo expresa en una comida con sus vecinos, el vecino inmediatamente reacciona acusándola de injusta. “¿Cómo es posible que permitas que un extraño diga semejante cosas de tu marido? Tú, que lo conoces de tantos años, sabes bien que es un hombre bueno, porque te quiere, te consiente y sobre todo, ¡te aguanta! La del problema eres tú. Por ambiciosa, por materialista, por mala, por cruel.” Y todo ello, aunque ustedes no me lo crean, debía ser tomado a broma por la audiencia televisiva. Hoy día dicha escena resulta francamente indignante.
Esta mañana me entrevistaron en una radio de Guadalajara, y justamente hablé de este programa de TV, como ejemplo de la falta de respeto hacia las mujeres. Por la tarde, una señora llegó al stand de F&G. Me dijo que había oído el comentario por la radio y había venido por ello a comprar el libro, lo que me halaga tremendamente. Saber que puede ponerse palabras a “el problema sin nombre”, parece que está comenzando a ser una opción para todas las Luchas que aún existen.
Mañana, Mario Vargas Llosa en la Fil. Ya les contaré qué tal.

11 oct 2009

El insoportable peso del Nobel


Si algún Nobel habría pensado yo que debía comentar, era el de literatura para Herta Müller. Pero como me dijo CZ ayer, durante el desayuno, en un café de la ciudad de Guatemala: cuando me llamaron de un periódico para preguntarme qué opinaba sobre la ganadora del Nobel de literatura, les dije que me alegraba mucho que fuera mujer, pero nada más, porque de la doña yo no sabía nada.
Bueno, pues me uno al comentario.

Sobre el que sí creo poder comentar algo, es sobre el Nobel de la Paz otorgado a Barack Obama.

Obama (1961) es un hombre surgido del sueño americano. Un tipo que, de pertenecer a una minoría racial estadounidense (que no es lo mismo que económica o intelectual, porque basta recordar su educación en Columbia U. y Harvard), surge como posible candidato del Partido Demócrata, el cual se ha caracterizado por mostrar mucha más tolerancia al cambio o las nuevas tendencias que su contraparte, el Partido Republicano.

Medio blanco y medio afroamericano, supo vender durante toda la campaña su imagen como lo segundo, en un país donde basta una gota de sangre extranjera para ser suscrito a una raza distinta a la del gringo rubio y ojos azules.
Es un hombre joven, buen orador, obviamente fogueado en las artes de la retórica y está en fase de demostrar si realmente puede lograr lo prometido.
Entonces, ¿por qué darle el Nobel a él?

Obama llegó al poder del imperio mundial moderno hace poco más de diez meses.
Durante su campaña prometió sacar a las tropas estadounidenses de Irak, pero no ha podido lograrlo, y se cree que esto no será posible hasta dentro de —al menos— dos o tres años más.
También firmó una ley donde prohibía las torturas por parte de agentes del estado norteamericano (cosa que no es posible saber si se cumple, y algo nos dice, que de todas formas no debe ser así).
Intentó en un inicio distanciarse de las horrendas políticas de Bush, sin llegar, sin embargo, a condenarlas o a señalar abiertamente su falta de ética y humanidad. Hoy día, eso parece haber quedado relegado al olvido histórico-conveniente.
También, es verdad, ha gestionado un futuro desarme nuclear por parte de las potencias y otros, que no siendo potencias, poseen armas nucleares (y son los que más miedo dan). Pero logros, logros, pues no hay nada aún en firme.
En resumidas que, Obama es un tipo con buenas intenciones, sí. Un poco idealista, quizás, que ahora estará recibiendo una dosis espantosa de “realismo gubernamental”, y que, a mí parecer, se las ha visto difíciles tratando de demostrar que, aunque sea el primer presidente afroamericano de EEUU, gobernará con más tino y más escrúpulos que cualquier blanco.
Entonces, cabe preguntarse si un premio Nobel a estas alturas es lógico, merecido o incluso, políticamente correcto. Y yo pienso que no.
Creo que un Nobel en estos momentos le acarreará más perjuicios que beneficios. Hará que su gestión sea puesta sobre la balanza y se la evalúe con mayor rigor.
Ahora bien, un Nobel siempre es un Nobel. Esperemos pues que este premio sirva como un aliciente para que Obama no decaiga en sus intentos y para que, al menos, se incremente su compromiso por hacer lo prometido. En caso contrario (y qué feo tener que decirlo), de ser el hombre que hizo nacer la esperanza en el mundo, pasará a ser la mayor decepción de las últimas décadas para los que apostaron por él; nosotros, los latinoamericanos, incluidos.

25 sept 2009

Romero: La película


Monseñor Romero se siente tan lejano y tan cercano, a la vez. Lejano, tomando en cuenta que su muerte ocurrió hace ya casi tres décadas. Cercano porque siempre ha estado ahí. Ha formado parte del “imaginario colectivo” salvadoreño.
Por diversas razones, entre otras una necesidad de recuperación de “mi” memoria histórica, estoy buscando formas de acercamiento a él. No como el político (que sí lo fue de algún modo), ni como el arzobispo, ni como el “santo” que tantos proponen, sino como el hombre angustiado que debió tener una terrible crisis de fe y de vida. Un hombre atrapado entre las clases a las que tradicionalmente había servido la Iglesia católica, de la cual él era la cabeza, y su “deber ser”.
Entre búsqueda y búsqueda me encontré en Youtube con la película “Romero”, que John Duigan dirigiera en 1989, y para cuyo papel protagónico eligieron a Raúl Julia, un autor puertorriqueño que durante su vida recibió muy buenas críticas por su actuación en películas como “Havana”, “The Addams Family” o “Tequila Sunrise”. (Pueden ver la película completa aquí.)
Evidentemente lo mejor de toda la obra (aparte de la buena actuación de Julia) es el guión, en el que John Secret Young (productor y guionista) puso mucho empeño en reflejar la realidad y las causas que explican las posturas tomadas por Monseñor Romero.
Creo que no se trata de una película sesgada, sino más bien realista y bien informada.
Contiene imágenes fuertes, para otros, pero que para nosotros, los que vivimos la guerra, fueron la cotidianeidad durante más de doce años que duró la crisis.
Pienso que es una película que debería haber sido mucho más comentada en nuestro país. Aunque comprendo que, dado que El Salvador aún vive en la indefinición histórica y en una especie de negación y explicación fácil del pasado, esta obra aún pueda levantar resquemores y furia en alguno de los sectores que en ella se ven reflejados.
Vale la pena verla, sin lugar a dudas, e intentar encontrar en Oscar Arnulfo Romero no ya el santo, el mártir, el cura “polítizado”, sino al hombre que en un momento dado decidió que había necesidad de un cambio en nuestro país y, con la valentía que, ahora sí, sólo la fe en algo puede dar, decidió convertirse en un “ajusticiado” más, con la diferencia que su muerte sí puede ser considerada como uno de los pilares más importantes de los pequeños cambios que El Salvador ha experimentado durante las últimas tres décadas.

12 abr 2009

Juan XXIII, el "Papa Bueno"



Y volviendo al tema de los Papas, resulta que comprando las cosas para una barbacoa en mi casa, me encontré en el Paiz (sí, el supermercado) con una película del Papa Juan XXIII, a tan sólo Q29.99 (unos $ 3.70)!!! Debo confesar que —como buena consumista— la compré más por el precio que por el personaje. Sin embargo también hay otra justificación lógica, aunque más de largo plazo: reuno material histórico para mis hijas, que algún día se han de interesar en la cultura. Y sí, como no, la iglesia católica es parte innegable de todos nosotros, los latinoamericanos. Así que decidí comprarlo junto con otro video de cardiovasculares de Paula Abdul, que muy posiblemente jamás he de ver.
El punto es que, muy entusiasmada, le ofrecí a mis papás (que han venido de visita por la Semana Santa y por el cumpleaños de mi hija menor) ver la película. Cuál sería mi sorpresa, cuando ellos (muy católicos y muy devotos) no mostraron interés alguno.
El caso es que yo, más interesada en no desperdiciar mis Q29.99, me puse a mirarla hoy por la tarde, y debo confesar que la misma me atrapó desde la entrada.
Resulta pues que Juan XXIII fue un hombre que estuvo al centro de la historia mundial del siglo XX. Yo desconocía su participación en la Primera Guerra Mundial, en la que estuvo en el campo de batalla como capellán de guerra. Colaboró para fomentar vínculos entre la Francia de Charles De Gaulle y el Vaticano. Y su elección absolutamente sorpresiva como Papa a la muerte de Pio XII, que había sido un Papa aristócrata, proveniente de una familia romana acomodada, fue vista siempre como un nombramiento de mera transición.
Por su parte, Juan XXIII, al contrario de su predecesor, provenía de una humilde familia de campesinos italianos que no pudieron costear sus estudios como cura, mismos que fueron pagados por un tío que creyó en él y su vocación.
Resulta pues que fue Juan XXIII el que abolió la hasta entonces tradición de besarle el zapato, y no el anillo, a su Santidad. El ser cargado en una pesada y suntuosa silla de brazos. El dar las misas en latín. El que los jardineros del Vaticano tuvieran que esconderse cuando el Papa salía de paseo, y que por el contrario, encontraron en él un gran conversador. También fue él quien por primera vez visitó hospitales y cárceles. Salió a las calles de Roma para estar cerca de la gente y destruir así el mito del “temor de Dios” preservado mediante el misterio de la persona del Papa. Recibió correspondencia de personas comunes y corrientes y atendió sus pedidos. Canonizó al primer santo negro: San Martín de Porres, y nombró al primer cardenal colombiano, mexicano, venezolano, tanzano, japonés y filipino. Utilizó los medios de comunicación para llevar el mensaje de la iglesia al mundo. Fue quien por vez primera transmitió un mensaje de navidad . Ejerció una mediación decisiva entre EEEUU y la URSS durante la crisis de los misiles. Celebró el Concilio Vaticano II, que no pretendía discutir dogmas de la iglesia, sino encontrar nuevas y más sencillas formas de llegar a las personas. Y lo más importante, redactó la famosa encíclica Mater et magistra, con lo que se da inicio a la doctrina social de la iglesia en el siglo XX, que tan significativa sería para el accionar de la iglesia católica en Latinoamérica.
Y por si todo eso fuera poco, todo ello fue realizado en los escasos cinco años (1958-1963) que duró su pontificado, mismo que llegó a su fin —ante el alivio de muchos conservadores y capitalistas que veían en él a un hombre poco enérgico y esquivo hacia la condena y excomunión de comunistas— debido a un cáncer de estómago que él no quiso que le fuera operado.
Actualmente Juan XXIII ha sido canonizado por el Papa Juan Pablo II y su día se celebra el 11 de octubre de cada año. Su cuerpo permaneció exhibido en la Basílica de San Pedro, hasta la muerte de Juan Pablo II que ocupó su lugar.
Así que, como pueden ver, este último, que fuera el Papa que nos tocó a los nacidos por ahí de 1970, no hizo más que seguir el camino iniciado por Juan XXIII.
Pienso entonces —imposible no hacerlo— en Ratzinger, y siento que la magia y el deseo de reforma de la iglesia se nos va quedando en eso, en una buena película histórica.
Pd.: En la foto, Benedicto XVI vistiendo una capa pluvial adornada con las armas de Juan XXIII... algo querrá decir, ¿no?

23 feb 2009

W. y Rice: Una historia por contar

Hace tres semanas fui invitada para conversar sobre mi novela al club de lectura de Artemis Edinter que se reune en la zona 1 y, como a la 1 pm había quedado de almorzar con Hilma en Miraflores, rauda y veloz intenté enrumbar hacia la 6ª Avenida, para descubrir que el Centro es verdaderamente intransitable a esa hora y ese día.
Un tanto frustrada entre tanto bus, carros y peatones, me dispuse a observar las variadas “vitrinas” del lugar. Es asombroso como ahí puede uno encontrar desde posters de mujeres desnudas hasta música cristiana a Q5.
De pronto, en una de las esquinas vi W., la película dirigida por Oliver Stone y protagonizada por Josh Brolin sobre la vida de George W. Bush. Fue cosa de segundos pedir la película y pagarla, antes de que el semáforo cambiara a verde. Y aunque lo hizo tampoco fue que avanzamos gran cosa. Al menos, pensé, luego de la compra del “material fílmico” la paciencia ya había dado sus frutos. Y me relajé.
El caso es que finalmente vi la película. Se trata pues de los años mozos de este hombre al que nosotros, viles mortales al sur del Río Bravo, conocimos ya convertido en un político de primera línea. Pero este hombre, que al parecer llegó a la Casa Blanca presionado por un padre poderoso, millonario, permisivo y ex presidente, tuvo una juventud de rebeldías y excesos. Y, ¿quién no? Bajo semejantes circunstancias, digo.
La película, es evidente, no busca un Oscar, pero como información y apreciación de algunas cosillas que uno desconoce está bien. Tampoco es un documental, menos una biografía. Creo que más bien busca humanizar a un hombre sobre cuyas espaldas cayó un peso más grande que el que podía sobrellevar. Saca a relucir, sobre todo, el poco sentido común y baja inteligencia de este personaje, criado para ser “another Amercian heroe” y que comprendía muy poco de cómo funcionaba el mundo. Y que, por lo mismo, se dejó orientar por sus asesores, muchos de los cuales estaban fanatizados y politizados, y lo llevaron, claro está al desastre de gobierno en que finalmente acabó todo.
Y les soy sincera, luego de ver esta película me queda claro algo: no siempre el tipo que triunfa es el mejor. O lo que se traduce en términos de politología: La democracia no es un sistema perfecto. Tiene sus fallas y grandes.
El caso es que hoy me desayuné con la noticia de que Condoleeza Rice, ex secretaria de estado de la administración anterior, sacará un libro donde contará su historia. Interesante me parece, tomando en cuenta sobre todo que, tal como cuentan en la película, ella era uno de los cerebros (porque es innegable la inteligencia de esta mujer) más leales que rodearon al ex presidente. Y sin embargo, siendo una de las influencias más grandes, siempre tuve la duda de porqué ella no influyó de forma más favorable en la toma de decisiones. Porque estoy segura que ella sí alcanzó a dimensionar el lío en el que se estaban metiendo.
En fin, parece ser que en el 2011 tendremos ya la versión de Rice, que fungió un papel de importancia (2001-2009) en la creación de las política exterior de EEUU y que según sus editores (Random House (editores a su vez del libro de Obama)), ella es la ex funcionaria menos politizada e ideologizada de la anterior administración norteamericana. Esperaremos el libro con ansiedad.

15 feb 2009

El hechizo de un Rey


No es exagerado decir que las historias lo buscan a uno y no uno a las historias. E internet suele ser sin duda una fuente muy surtida de ellas.
Resulta que me encontraba hoy preparando mi clase de Ensayo Latinoamericano y me quedé atrapada en las historias de intrigas y enredos sucesorios de la monarquía española.
Siempre me ha llamado la atención la España que nos conquistó, pero más aún, la España que nos dejó en libertad.
Pero para llegar a ello y a las guerras Carlistas era necesario entender a los que antes de ese tiempo hicieron lo mejor que pudieron con un imperio desproporcionado, incluso para el rey “en cuyo imperio jamás se ponía el sol”. Y era cierto, ya que durante el siglo XVI España tenía colonias en cada uno de los continentes, y de tal forma, por más que la tierra (que ya para entonces se sabía y aceptaba que era redonda) girara y girara (a la derecha, claro está; o en el sentido contrario a las agujas del reloj si es que se mira sobre el Polo Norte) el sol siempre alumbraba sobre algún territorio de su castiza y católica majestad.
El caso es que, entre todos los reyes, me encontré uno que me cautivó: Carlos II, el último Habsburgo español.
Hijo de Felipe IV (posible y original Don Juan Tenorio, nacido de la pluma del cura que firmaba con el pseudónimo de Tirso de Molina), Carlos II de España fue víctima de un error genético posiblemente causado por los casamientos excesivamente cercanos entre antepasados pertenecientes a una misma familia. O como se decía por aquel entonces: le hizo falta sangre nueva.
Desde niño fue endeble y enfermizo, tuvo un desarrollo pobre y se cree padeció retraso mental. Era tal su debilidad y falta de salud, que nadie se preocupó por educarlo para reinar pues se creía moriría siendo aún niño, pero no. Logró llegar a la avanzadísima edad —tomando en cuenta su condición— de 38 años. Pero Carlos II no dejó descendencia, y en su testamento nombró a su sobrino-nieto Felipe de Anjou (nieto del Rey de Francia Luis XIV y su hermana María Teresa de Austria) como su sucesor.
Temiendo Inglaterra que el fin de la eterna rivalidad entre España y Francia fuera a afectarle, impugnó la sucesión y ahí comenzó las famosa guerra por el trono español, que habría de durar hasta 1714 y que impondría a los Borbones (que aún reinan España) en el trono de esta nación peninsular.
Lo interesante sin embargo de esta historia es la autopsia que la Universidad Complutense de Madrid realizó recientemente al cadáver de Carlos II, en la cual determinaron que el último Habsburgo había nacido con el Síndrome de Klinefelter, mismo que en la actualidad afecta a 1 de cada 500 recién nacidos.
Se trata de un desorden de tipo genético que produce un organismo masculino que en lugar de presentar células XY, presenta XYY. Dicho síndrome no es detectable en los recién nacidos, a menos que se haga un cariotipo, y es en la pubertad cuando se comienzan a ver las anomalías. El desarrollo físico es anormal y el adolescente no llega a desarrollar el pene, pero sí pechos, caderas, piernas y brazos más largos de lo normal y esterilidad. Su voz es por lo general muy suave, carecen de vello y tienden a presentar rasgos femeninos.
Pienso entonces en el pobre Carlos II, acosado por un imperio y la corte, por la presión de engendrar un hijo y siendo víctima de un desorden por demás desconocido para la época. No fue por gusto que el apodo que le fue dado en su época fue el de “Carlos, el Hechizado”.
Carlos murió en 1700 víctima de una descomposición absoluta de su organismo, y con él, una de las monarquías más poderosas de la historia. Lo que vendría luego, sería un declive acelerado del Imperio Español.